jueves, 2 de abril de 2009

Ruidos

“Unos cuantos terroristas contra 40 millones de buenos colombianos”. Dicotomía que explica una realidad, la del pueblo colombiano y su conflicto. Vulgarmente y sin rubor la venden los gobernantes y sus asesores, poderosos en la sombra, publicistas bien pagos que entienden la política como un asunto de marketing. La compran los ciudadanos para evitarse la molestia – o el dolor – de pensar por sí mismos. La frase no simplifica para hacer claridad, distorsiona y confunde. Se asemeja a una manera de nombrar, un nombre extenso, como un exitoso eslogan que es mas recordado que el producto. Nos proponemos un tránsito de atrás hacia delante, de la cosa hacia su nombre. Por ahora da igual si lo nombramos guerra, conflicto interno o unos cuantos… porque la cosa no es su nombre. Esta cosa habla y cuando escuchamos, desgarrados, reconocemos que no es más de lo que somos como nación. En este espejo somos al tiempo el rostro de la victima y el del victimario. Dirán que no es posible la comparación. También ese es un reflejo condicionado, pues quisiéramos ser sólo víctimas. Lo siento.
Tres generaciones desde la muerte de Gaitán. Para los científicos sociales mito fundacional de esta cosa. Dos días después del asesinato el presidente Ospina dice que los organismos de seguridad tienen pruebas de un complot comunista orquestado desde Rusia, pero que estas son secretas y por el bien de la investigación no deben ser rebeladas. La prensa y los políticos, exigen justicia y esclarecimiento de causas y autores del magnicidio. 59 años más tarde, el caso Gaitán, su ineficaz proceso jurídico es una anécdota descrita en una cuartilla, en las páginas interiores del único periódico nacional. A este ritmo, será ese el destino de los dirigentes políticos asesinados durante estos 60 años. Impunidad y una reseña anecdótica en la conmemoración de sus muertes. Dirigentes diversos y disímiles en su ideología, en su proyecto, en su manera de hablarle al país. Álvaro Gómez, Luis Carlos Galán, Jaime Pardo, Carlos Pizarro. Nada dirán los periódicos de los dirigentes departamentales, municipales, veredales, de juntas de acción comunal, de cooperativas, de sindicatos, estudiantes, campesinos, indígenas, negros. Estos simplemente no aparecieron, aparecen, aparecerán. Salvo tal vez, en las estadísticas, pero sabemos que en estas la realidad es un problema que se ajusta cambiando la fórmula para medir. Lo que uno nota de Colombia cuando se permite escuchar a la cosa, es que no tenemos dirigentes, o que los tenemos en el cementerio central convertidos en mártires dignos de procesión, en algunos casos hacedores de milagros certificados. Una crisis institucional, es una crisis moral. Sucede cuando las ratas toman el control del barco. Desde esta perspectiva, las paras políticas no son más que un ruido, otro distractor. En Colombia no hay justicia, es una frase tan usada que ha perdido su valor. Pero es cierto. Existe un aparato que así se llama. No dudo que en él trabajan algunos buenos hombres y mujeres, dignos y comprometidos, son la resistencia. Pero esta máquina es perversa, lo es su espíritu. Un ejemplo. Solo uno. Durante 20 años el país ha vivido una contrarreforma agraria. Quiere decir esto que las mejores tierras se han concentrado en pocas manos. Son las tierras de los narcotraficantes, de los grandes hacendados, de los ganaderos, de los políticos. Son las tierras de los poderosos. Y expulsadas de ellas los campesinos y su prole. El 70% de las mejores tierras en manos del paramilitarismo, el narcotráfico y el gran terrateniente. Cuatro millones de desplazados. No hay escándalo, de nuevo solo ruido. Ruido es la discusión sobre si son 4 o 3 o 2 millones (de nuevo las estadísticas) cuando una sociedad seria se escandalizaría con un sólo desplazado. Ruido es la ley de justicia y reparación. Espectáculo son las audiencias, los testimonios ocuparon hace unos meses la primera plana del único periódico y hacen el tránsito a las paginas interiores convertidos en cuartilla – anécdota. Éxito de estos asesores que lograron profundizar la confusión: si se contradicen entre sí, no se cree en nadie. Rasero simplista como el eslogan, guillotina de la historia como complejidad, escribiente de una ajustada al libro escolar. Los desplazados seguirán en las esquinas, algunos de sus hijos serán la próxima generación de pequeños ladronzuelos o de grandes asaltantes. No se puede pedir más, cuando la existencia ha sido reducida a la indigencia. Pero no hay ruido en el desmonte del INCORA, desmantelado como esas casas abandonadas, parece que se han robado el letrero. No hay ruido en la oficina de extinción de dominios ese hoyo negro de corrupción que entrega las tierras a ese círculo de grandes y poderosos.
Recientemente una sesión del senado invitó a un grupo de víctimas de esta cosa. También diversos y disímiles. Cuando se ha vivido la guerra y se intenta recrear la experiencia en un relato, las palabras adquieren otra textura. No es posible recordar sin regresar y regresar siempre es doloroso. A pesar del esfuerzo y el valor que suponía este viaje a la memoria la mayoría de nuestros senadores, ese senado del que Mancuso dijo le pertenecía un buen porcentaje. Se fue retirando progresivamente… sin vergüenza, sin rubor. El ruido, si lo hay, será el de las sillas vacías (ahora recuerdo otra silla, por allá en el sur). Me preguntó por esos hombres incapaces de oír, de conmoverse, de cuestionarse.

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