Era una mañana otoñal y Jerónimo dormía cubierto por la cálida oscuridad de su cuarto, casi nunca recuerda lo soñado pero hoy, fragmentos de la muerte de su psiquiatra se convirtieron en un sueño que duraría hasta el medio día. Si tuviera la intención de contarlo, diría que estaba en el consultorio con su doctor, éste tiene la mirada baja y una mueca excitada en un rostro erguido, habla con prisa y sus labios parecen agrietarse con cada palabra, una suerte de interferencia dificulta entender lo que dice, pero parece no importar, es el ruido común de la fase terminal, así deben sonar las entrañas de los dioses enfermos, piensa mientras se levanta con la rigidez científica, el doctor lo mira y se calla, la mueca excitada pide más tiempo pero jerónimo le responde con un gesto - lo siento, es todo por hoy- mientras estira los brazos y el cuello, se pone los zapatos y sale al pasillo, allí esta la asistente que juga solitario, le pregunta cuando puede volver y ella, sin dejar de ver la pantalla, le dice que el doctor no lo podrá atender pues ha sido devorado por el espiral; la voz seca de esta mujer se deja escuchar con claridad –ya no hay ruido- y esa claridad se convierte en una especie de reflujo del malestar que sintió el día anterior cuando la noticia de la muerte de su amigo apareció como un flash informativo en los noticieros. Abrió las persianas y se quedó por unos minutos frente al gran ventanal, se duchó, tomó un café y se sumó a la calle que, cubierta de paraguas, parecía un jardín de tulipanes negros.
En un rincón de la funeraria estaba Antonia, la reconoció por su cabello ensortijado, su rostro escurrido y sus ojos agrandados por la ausencia de maquillaje; estaba sola, sentada en un taburete, calentando sus manos con una taza de café, la imagen no era muy distinta a la primera vez que la había visto en el pasillo del consultorio; luego de saludar a la madre del doctor, se sentó a su lado, ella lo llamó por su nombre, lo miro con brevedad y se sumergió en su pequeña agenda, su mano ahora trazaba líneas de las que emergían rostros demacrados semicubiertos por paraguas, cuando terminó arrancó la hoja y la dobló sin prisa, tomó la mano de Jerónimo y se la entregó ¿qué vamos a hacer? Le preguntó mientras le cerraba el puño sobre el papel, Jerónimo no supo que responder, estaba aturdido.
En un rincón de la funeraria estaba Antonia, la reconoció por su cabello ensortijado, su rostro escurrido y sus ojos agrandados por la ausencia de maquillaje; estaba sola, sentada en un taburete, calentando sus manos con una taza de café, la imagen no era muy distinta a la primera vez que la había visto en el pasillo del consultorio; luego de saludar a la madre del doctor, se sentó a su lado, ella lo llamó por su nombre, lo miro con brevedad y se sumergió en su pequeña agenda, su mano ahora trazaba líneas de las que emergían rostros demacrados semicubiertos por paraguas, cuando terminó arrancó la hoja y la dobló sin prisa, tomó la mano de Jerónimo y se la entregó ¿qué vamos a hacer? Le preguntó mientras le cerraba el puño sobre el papel, Jerónimo no supo que responder, estaba aturdido.