domingo, 5 de abril de 2009

El primer encuentro

Era una mañana otoñal y Jerónimo dormía cubierto por la cálida oscuridad de su cuarto, casi nunca recuerda lo soñado pero hoy, fragmentos de la muerte de su psiquiatra se convirtieron en un sueño que duraría hasta el medio día. Si tuviera la intención de contarlo, diría que estaba en el consultorio con su doctor, éste tiene la mirada baja y una mueca excitada en un rostro erguido, habla con prisa y sus labios parecen agrietarse con cada palabra, una suerte de interferencia dificulta entender lo que dice, pero parece no importar, es el ruido común de la fase terminal, así deben sonar las entrañas de los dioses enfermos, piensa mientras se levanta con la rigidez científica, el doctor lo mira y se calla, la mueca excitada pide más tiempo pero jerónimo le responde con un gesto - lo siento, es todo por hoy- mientras estira los brazos y el cuello, se pone los zapatos y sale al pasillo, allí esta la asistente que juga solitario, le pregunta cuando puede volver y ella, sin dejar de ver la pantalla, le dice que el doctor no lo podrá atender pues ha sido devorado por el espiral; la voz seca de esta mujer se deja escuchar con claridad –ya no hay ruido- y esa claridad se convierte en una especie de reflujo del malestar que sintió el día anterior cuando la noticia de la muerte de su amigo apareció como un flash informativo en los noticieros. Abrió las persianas y se quedó por unos minutos frente al gran ventanal, se duchó, tomó un café y se sumó a la calle que, cubierta de paraguas, parecía un jardín de tulipanes negros.
En un rincón de la funeraria estaba Antonia, la reconoció por su cabello ensortijado, su rostro escurrido y sus ojos agrandados por la ausencia de maquillaje; estaba sola, sentada en un taburete, calentando sus manos con una taza de café, la imagen no era muy distinta a la primera vez que la había visto en el pasillo del consultorio; luego de saludar a la madre del doctor, se sentó a su lado, ella lo llamó por su nombre, lo miro con brevedad y se sumergió en su pequeña agenda, su mano ahora trazaba líneas de las que emergían rostros demacrados semicubiertos por paraguas, cuando terminó arrancó la hoja y la dobló sin prisa, tomó la mano de Jerónimo y se la entregó ¿qué vamos a hacer? Le preguntó mientras le cerraba el puño sobre el papel, Jerónimo no supo que responder, estaba aturdido.

Lo que dijo una voz

En el sueño soy un espectador sin función aparente, el espacio se ilumina con una voz anciana, como un teatro cuando se prende el proyector, reconzco la calle por sus edificios, estoy en el centro de la ciudad, la voz señala un hombre, me dice; ese de allá, ese es un receptor de dolor, recoge las tristezas; no lo sabe, salvo en momentos excepcionales intuirá su condición; lo observo, es alto y encorbado, lleva las manos en los bolsillos, una bufanda cubre parte de su rostro, sus labios arrastran una canción, solo camina, decido abandonarlo y entonces veo el encuentro de sus ojos con los de una mujer que aguarda el colectivo, puedo ver el fluido gaseoso y aun así denso, luminoso y fugaz; el hombre sigue su camino, la mujer que aguarda, entrecruza sus manos como si sufriera de un repentino cosquilleo, gira su cabeza en un semicirculo y respira profundo, la escena me conmueve, quiero llorar. La voz me pide que mire arriba, estoy en una suerte de inframundo, mecanos de madera se mueven lentamente, suena el metal, hay humedad y poca luz, hay polvo delgado en el aire y en el corte de la pared hay unos ramales como una suerte de raiz invertida que va a dar a la superficie, la voz dice, esas son las raices que sujetan y alimentan a los hombres cuyos actos son la causa desencadenante, pronto podrás ver a los hombres antena, sus pensamientos no les pertenecen, solo reciben las señales y las trasmiten

El

Del día del incidente, recuerdo el último sorbo, el ardor de una garganta hinchada como un globo caliente, caer en silencio y despertarse encerrado en una cápsula blanca cuyas luces neón le entregaron a estos ojos, por segunda vez, la sensación de ser un recién llegado al mundo, la cápsula era una inmensa cámara fotográfica de mi cerebro y sonaba como deben soñar las entrañas enfermas de los dioses. Las guerras con las que había crecido mantenían su equilibrio y en el noticiero se mostraban intrascendentes. Hace tanto se desprendió para entrar en estado de coma, solo lo inquietan los rostros del desconsuelo como el de esa niña en el subterraneo que hace hablar a papelitos, 'auxilio' –dice- pero nadie escucha, no hay carteros que lleven tus papelitos –piensa- mundo triste en el que esta niña se hará mujer, su rostro jamás ira al circo.

El tren

Sonidos fangosos y agudos nacían en las entrañas de la maquina y se hundían como temblores en su tibia carne para derribar ostracismos, la recorrían estremeciéndola como una avalancha de hierros retorcidos habitando lo inhabitado, sus vapores hinchaban de luz los rincones y avivaban las maderas de los pisos y sobre los vidrios de las ventajas danzaban los barrotes y sus sombras,

Ella

Ella cuya locura reside no en el don de leer el pensamiento, más usual de lo que se cree, sino en la incapacidad asfixiante de no comprender, incapacidad que era el útero en el que se gestaban los momentos del enceguecer, por primera vez en años volvió su atención a la membrana vidriosa que cubre a los seres, su movimiento como el espasmo de una larva en su letargo, era particularmente hermoso respecto a los recordados y se estremeció –un poco de vértigo, un poco de náusea- al sentir que tal belleza obedecía a un nivel superior de conciencia en la membrana, capaz de alterar sus pulsiones que, como bolas de cristal sobre una superficie inclinada, se abalanzan desde los territorios seguros del ritmo controlado hacia los del azar, cuando la membrana desistió que es esa forma noble de renuncia, afloró la minúscula fisura y por ella un fluido arenoso comenzó a escabullirse, eran fragmentos del pensamiento de este hombre del que aun no conocía su nombre, desbordada y convulsionada de tanto placer, se vio niña y se hizo un poco más anciana, aligeró su rostro y lloró.

los últimos días

En los últimos días había construido una seguridad para abordar aquel tren, pero ahora no saber era la sombra de una sensación recién llegada a su mundo, aferrado al sacrificio propio como truco de escapismo, pidió a su rostro una última expresión de tranquilidad para abrir la puerta. Afuera estaba la familia, una secuencia de palabras, silencios y gestos emergía enfrentando las visiones de su propia decadencia. Pensó que un día abrirían los ojos y descubrirían, con algo de pudor, que del dolor no quedaba más que el espasmo de la costumbre, un rumor, un tema con tinte dramático que se ofrece a los invitados. Se sintió demasiado egoísta para agradecer tal abandono, reconoció en ese pensamiento que lo atravesaba a aquel que años atrás le había preguntado ¿y tu… quien eres? intuyó que no se pertenecía por completo, que era un día de esos, sonrió, esperando ser lo suficientemente bueno para disimular ese dolor profundo que ya conocía.

jueves, 2 de abril de 2009

El vagón de la tumba de Dios

El vagón era la bóveda oscura, la tumba con un nombre inscrito y una leyenda. Aquí yace Dios y a su alrededor placas en bronce en las que se lee la gratitud por los milagros concedidos. ¿cómo llegó esta tumba al tren? ¿Quién puso las placas? No lo sabemos, algún milagro a la vista… tal vez uno Y cuando descubrieron este vagón las opiniones estuvieron divididas entre los escépticos que consideraban que se trataba de un mecanismo más del gobierno y sus doctores para experimentar con ellos y los que consideraban que el vagón era una señal. Ese vagón fue la causa de una guerra abierta y la sangre oscura de los locos corrió por el tren hasta el día del sueño colectivo y de la voz

Pensamientos en el tren

A veces me preocupa, aun no logró conocer el sentido trágico de este viaje… a veces percibo un final clásico, la destrucción, el agotamiento… pero es solo una leve sensación…


Sentirá el mundo nuestra ausencia? Que pasará en él cuando solo seamos desierto? Cuando el tren se haya detenido o desaparecido, cuando el círculo se haya cerrado, cuando el espejo haya retornado a su condición de piedra?


Algunos no saben que estan en un tren… lo han olvidado, se han desprendido del espacio o el espacio se ha desprendido de ellos


Yo estoy aca por lo que he visto, soy el guardían de mis visiones, el mensajero


Podría ser un tren de fantasmas y nada cambiaría


En alguno de estos vagones esta la memoria y el testimonio, en alguno de estos esta lo que fuimos por alguna de estas puertas hacemos nuestro ingreso una y otra vez, una y otra vez… y aunque nos podamos ver no nos reconocemos si acaso nos intuimos, nos presentimos, entonces me preguntó si ya habré saltado?


Estamos llenos de paciencia como el fuego solo hasta que se consumido el último de los maderos nos extinguimos

La verdad no depende de que tan optimista me levante

La noche llega, somos extraños y ya no podemos dormir.

Cuando los doctores enloquecieron

Comenzaron a preocuparse cuando los doctores cruzaron el umbral y destrozaron sus dibanes, como ese que un dia se encerró en su consultorio para comerse un libro entero de psicoanálisis mientras se masturbaba…

Invitados

Un día llegó un filósofo, creíamos que ya no existian pero ahí estaba, claro está no era uno graduado de la universidad, nos inclinamos ante él… poco tiempo después pidió que hicieramos con él una cena… fue la mejor comida en días… no siempre tiene uno el placer de tener en su mesa a un filósofo; también llegó un escritor haciéndose pasar, como si se pudiera improvisar, pero era pesimo actor, jugamos con él, le pusimos el cascabel, le hicimos creer que no sabíamos de sus oscuras intenciones… lo descubrimos quería escribir sobre nosotros… una novela que lo hiciera famoso… a ese no le permitimos morir con dignidad, y ahora es la única calavera que mira al interior de la tierra

Rituales

Y cada conversación era delirante, como si estuvieran embriagados, era una danza sin movimiento, disfrutaban del vértigo que sus palabras producian… vomitaban caian y se levantaban para explotar en carcajadas que para un espectador recién llegado y ajeno a lo que allí sucedía podrían parecer un acto de arrogancia se rebolcaban en el piso… ellos y sus dualidades

Sueños

A este yo lo precedieron los sueños con pájaros ciegos y de cuellos alargados que danzaban en el aire sin chocarse y se abalanzaban sobre mi como bolas de fuego, escupían sobre mi

Moriran pensando

Morirán pensando que hemos sido vencidos, moriremos pensando que hemos vencido

No es posible disimular para siempre

No es posible disimular por siempre, algunos lo han logrado por un tiempo, yo lo hice un par de meses y era como tener a ese otro que era yo pegado a la espalda, muerto y putrefacto y yo tenia que asumir sus posturas que recordaba como si lo hubiera visto hacerlas, pero me eran extrañas e incomodas, me tallaban en el rostro y en el cuerpo

Nosotros que nos creiamos tan firmes...

Nosotros los que nos creíamos tan firmes y tan seguros, los que dominábamos el mundo y levantábamos la voz para mostrar lo poderosos que éramos y de pronto una pregunta, un goteo, una hendidura, una fractura insignificante que se abre paso a veces lentamente en otros casos en cuestión de horas y ya nada es… comienza a apearse lo que conocíamos ha desaparecido, ya no somos ni siquiera el espejo da cuenta pues el rostro cambia, cambian las manos y la textura de la voz y la mirada, y nos convertimos en el pánico y en la vergüenza, nos consumimos en la paranoia de la paranoia, se abre un agujero vacio entre el que era y el que soy

El desierto

El desierto abre sus fauces para devorar los restos de estos seres que la ciudad ha vomitado, en él ahora florencen tumbas abiertas, cadáveres que conservan la postura del ser melancólico, pues los locos se cuidan de caer mirando al cielo y si fallan dedican el último aliento de su agonia para revolcarse en la arena y encontrar la postura digna

En el centro del desierto un árbol, el tren disminuye la velocidad y les permite saltar… allí algunos se cuelgan...


Los relojes también eran arrojados al desierto

Los documentos de identidad eran arrojados al desierto y muchos decidian rebautizarse, a veces intercambiamos los nombres y con ellos nuestras viseras y sus dolores


Los cuervos sobrevolando al tren al paso por el desierto

Solo un presentimiento

Se avecina una desgracia nadie lo sabe, los hombres han perdido el sentido de presentir

El recibimiento ( voz adentro)

Nos gusta recibir a los recién llegados con una fiesta, hemos aprendido a simular la sorpresa a pesar de que es la misma fiesta, las mismas poses, las mismas expresiones.

Nosotros desaparecemos

En realidad nosotros desaparecemos… el tren es un acto de magia del que nadie desea conocer el truco, se dedican a observarlo mientras pasa y se hacen las mismas preguntas sin intención de responderlas, entonces vuelven a los temas de siempre que permiten el alivio frente a cualquier inquietud surgida y los temas de siempre es a lo que llaman la vida, su vida, su rutina de clima y economía, política y deportes.

¿qué somos?

Somos el accidente, el dolor, la herida abierta o la materia que de ella fluye… la verdad no lo sé depende de que tan optimista me levante…

Somos hijos de tantas promesas y nuestros padres y nuestros abuelos también lo son, solo que en ellos aun actuaban los placebos… pero nosotros despertamos inmunes, ni los colores ni los sonidos fueron los mismos, algo se había alterado, era… es difícil de explicar… y cuando lo intentábamos nos convertíamos en el espectáculo, en un espectáculo que iba de la burla propia al llanto desconsolado.

Nuestra enfermedad es incurable

Dialogos inconclusos

Asumes que no eres mas que una figura calcada de ese hombre que disfrutaba de la vida en familia, sigues añorando el mundo que se muestra a a través de estas ventanas, ese que ya no existe para ninguno de los aca presentes mas que como una postal. Gobernamos sobre nuestra locura y la defendemos como la posibilidad de estar, de existir, de ser, esto es lo que yo he querido decir, no intentes interpretar, es inútil, no intentes entender es inútil, al final son solo frases, finalmente desparecerán, ya ni siquiera están en mi cabeza han sido escupidas y luego en la tuya que las masticara a desgano, desaparecerán como desaparecimos nosotros.


-Algunos optimistas creen que acá recobraran la inocencia

Algunas preguntas

Quien será el último loco que tomara el tren… antes de que este inicie su último viaje hacia la nada. Antes de que se detenga o se pierda en el desierto

Los observadores

Y los observaban con la fascinanción y el encantamiento con el que se observa un accidente y sus muertos, que no es mas que el encantamiento que produce observar lo que ya no es humano

El tren gravitaba

El tren gravitaba como un fuego ancestral en los reductos de madera viva, era un movimiento lento y obstinado, como si la máquina supiera de los pensamientos de los seres que la habitaban y hubiera querido ir a su ritmo.

El primer encuentro

Cuando las puertas del vagón se cerraron las ansiedades acumuladas y reprimidas recobraron su vitalidad, era sin embargo una euforia quieta pues los pasajeros asumieron la postura del iniciado, ajustando sus movimientos a lo observado, que no era mas que ese vagón habitado por luces tenues y sillas de madera tapizadas con un terciopelo vestigio de los días de la bonanza. La primera seguridad de la que hicieron conciencia era que estaban solos y aislados, nadie se atrevió COMO SE IMAGINABA JOSUE Y LOS OTROS EL TREN a expresar pensamiento alguno o a entablar una conversación, las miradas eran arañas refugiadas en los rincones o insectos voladores estrellándose con insistencia con la libertad que vendían las ventanas; agotados por tal grado de incomunicación, durmieron o simularon dormir lo que quedaba de ese, su primer día. Se despertaron observados por los pasajeros antiguos que mascullaban palabras como si se tratara de un pedazo de carne añeja y no por eso carente de sabor, entonces las miradas regresaron de su ostracismo para asumir la estéril alerta del que se reconoce como presa.

La llegada del tren

Cada mes, la locomotora naranja con sus trece vagones y sus ventanas selladas con barrotes y vidrios oscuros que semejan una jaula vacía de luz, abraza, sin tocarla, a la ciudad y se detiene en un extenso y árido territorio que se va encerrando en si mismo como un caracol de rejas y alambrados que parecen proteger su centro, un puerto cubierto, gris y seco, enclavado en el desierto, frontera natural de la pequeña urbe. La puerta occidental del primer vagón se abre y los que retornan lo hacen en sobrio orden, no hay conversaciones ni despedidas salvo, en contadas ocasiones, un sutil apretón de manos, no hay urgencias ni ansiedad de retorno, en los rostros tal vez algo de agotamiento, nada más. Ya en la plataforma solo buscan el letrero que indica la salida, la reja abierta, el par de escalones y la tierra amarilla rojiza que el invierno se agrieta, ya afuera son las luces de la ciudad la única guía para emprender en solitario el viaje que culminará al amanecer. Al tiempo, la puerta oriental del doceavo vagón se abre, un hombre de mediana edad, rostro alargado y traje oscuro, hace el primer llamado, mientras se alista para registrar en una libreta el nombre y la edad de los nuevos, levanta la mirada, los que hoy tomarán el tren comienzan su tránsito, entre los familiares el llanto es contenido excepto por los alaridos cansados de una anciana que deja a su hija y por los de una niña que sujeta con fuerza las piernas de una madre impávida y distante como todo condenado. Jerónimo se despide de su hermano, abraza a Antonia, acto de unas manos que solo con el segundo llamado comienzan a desprenderse, avanza hasta cruzar la línea que separa a viajeros de familiares, se detiene para volver la mirada mientras una sonrisa opaca nace, Carlos y Antonia esfuerzan también una sonrisa y evitan las lágrimas o las palabras, tal vez porque reconocen su inutilidad, tal vez porque conteniéndolas ofrecen a este buen hombre, la dignidad como única ofrenda con algún sentido, dan la espalda y se marchan.

Despedida de la ciudad

Atravesaron la ciudad que, extrañamente suspendida, parecía ofrecerle un desagravio, Josué sintió que dicha quietud era la del victorioso que espera ver a su oponente abandonar su territorio, así que imaginó que al cruzar la frontera las antenas se levantarían de nuevo buscando con su olfato, los murmullos sin tiempo. El viaje avanzó sin novedades, sin grandes conversaciones, los últimos cielorrasos se deshicieron en un horizonte abierto en el que un cielo fragmentado por silenciosos relámpagos se fundía con árboles que se doblaban ceremonialmente, a ochenta kilómetros por hora,

Ver la decadencia

Como una sombra ciega y embriagada que no logra sostenerse, cae y se revuelca, es la sensación que anuncia que le será permitido ver la decadencia. Entonces muta la disposición del cuerpo o del espacio que lo cubre hasta lograr la quietud sin miedo, le queda esperar el sonido que semeja la explosión de una burbuja de lodo, así aparece el primer agujero y luego los otros que se reproducen espontáneamente y como guiados por un tibio fluido se escurren anidando en el suelo, en los objetos circundantes, en la humanidad de conocidos y extraños, entonces su mirada emprende la danza de la resistencia hasta consumirse.

Ruidos

“Unos cuantos terroristas contra 40 millones de buenos colombianos”. Dicotomía que explica una realidad, la del pueblo colombiano y su conflicto. Vulgarmente y sin rubor la venden los gobernantes y sus asesores, poderosos en la sombra, publicistas bien pagos que entienden la política como un asunto de marketing. La compran los ciudadanos para evitarse la molestia – o el dolor – de pensar por sí mismos. La frase no simplifica para hacer claridad, distorsiona y confunde. Se asemeja a una manera de nombrar, un nombre extenso, como un exitoso eslogan que es mas recordado que el producto. Nos proponemos un tránsito de atrás hacia delante, de la cosa hacia su nombre. Por ahora da igual si lo nombramos guerra, conflicto interno o unos cuantos… porque la cosa no es su nombre. Esta cosa habla y cuando escuchamos, desgarrados, reconocemos que no es más de lo que somos como nación. En este espejo somos al tiempo el rostro de la victima y el del victimario. Dirán que no es posible la comparación. También ese es un reflejo condicionado, pues quisiéramos ser sólo víctimas. Lo siento.
Tres generaciones desde la muerte de Gaitán. Para los científicos sociales mito fundacional de esta cosa. Dos días después del asesinato el presidente Ospina dice que los organismos de seguridad tienen pruebas de un complot comunista orquestado desde Rusia, pero que estas son secretas y por el bien de la investigación no deben ser rebeladas. La prensa y los políticos, exigen justicia y esclarecimiento de causas y autores del magnicidio. 59 años más tarde, el caso Gaitán, su ineficaz proceso jurídico es una anécdota descrita en una cuartilla, en las páginas interiores del único periódico nacional. A este ritmo, será ese el destino de los dirigentes políticos asesinados durante estos 60 años. Impunidad y una reseña anecdótica en la conmemoración de sus muertes. Dirigentes diversos y disímiles en su ideología, en su proyecto, en su manera de hablarle al país. Álvaro Gómez, Luis Carlos Galán, Jaime Pardo, Carlos Pizarro. Nada dirán los periódicos de los dirigentes departamentales, municipales, veredales, de juntas de acción comunal, de cooperativas, de sindicatos, estudiantes, campesinos, indígenas, negros. Estos simplemente no aparecieron, aparecen, aparecerán. Salvo tal vez, en las estadísticas, pero sabemos que en estas la realidad es un problema que se ajusta cambiando la fórmula para medir. Lo que uno nota de Colombia cuando se permite escuchar a la cosa, es que no tenemos dirigentes, o que los tenemos en el cementerio central convertidos en mártires dignos de procesión, en algunos casos hacedores de milagros certificados. Una crisis institucional, es una crisis moral. Sucede cuando las ratas toman el control del barco. Desde esta perspectiva, las paras políticas no son más que un ruido, otro distractor. En Colombia no hay justicia, es una frase tan usada que ha perdido su valor. Pero es cierto. Existe un aparato que así se llama. No dudo que en él trabajan algunos buenos hombres y mujeres, dignos y comprometidos, son la resistencia. Pero esta máquina es perversa, lo es su espíritu. Un ejemplo. Solo uno. Durante 20 años el país ha vivido una contrarreforma agraria. Quiere decir esto que las mejores tierras se han concentrado en pocas manos. Son las tierras de los narcotraficantes, de los grandes hacendados, de los ganaderos, de los políticos. Son las tierras de los poderosos. Y expulsadas de ellas los campesinos y su prole. El 70% de las mejores tierras en manos del paramilitarismo, el narcotráfico y el gran terrateniente. Cuatro millones de desplazados. No hay escándalo, de nuevo solo ruido. Ruido es la discusión sobre si son 4 o 3 o 2 millones (de nuevo las estadísticas) cuando una sociedad seria se escandalizaría con un sólo desplazado. Ruido es la ley de justicia y reparación. Espectáculo son las audiencias, los testimonios ocuparon hace unos meses la primera plana del único periódico y hacen el tránsito a las paginas interiores convertidos en cuartilla – anécdota. Éxito de estos asesores que lograron profundizar la confusión: si se contradicen entre sí, no se cree en nadie. Rasero simplista como el eslogan, guillotina de la historia como complejidad, escribiente de una ajustada al libro escolar. Los desplazados seguirán en las esquinas, algunos de sus hijos serán la próxima generación de pequeños ladronzuelos o de grandes asaltantes. No se puede pedir más, cuando la existencia ha sido reducida a la indigencia. Pero no hay ruido en el desmonte del INCORA, desmantelado como esas casas abandonadas, parece que se han robado el letrero. No hay ruido en la oficina de extinción de dominios ese hoyo negro de corrupción que entrega las tierras a ese círculo de grandes y poderosos.
Recientemente una sesión del senado invitó a un grupo de víctimas de esta cosa. También diversos y disímiles. Cuando se ha vivido la guerra y se intenta recrear la experiencia en un relato, las palabras adquieren otra textura. No es posible recordar sin regresar y regresar siempre es doloroso. A pesar del esfuerzo y el valor que suponía este viaje a la memoria la mayoría de nuestros senadores, ese senado del que Mancuso dijo le pertenecía un buen porcentaje. Se fue retirando progresivamente… sin vergüenza, sin rubor. El ruido, si lo hay, será el de las sillas vacías (ahora recuerdo otra silla, por allá en el sur). Me preguntó por esos hombres incapaces de oír, de conmoverse, de cuestionarse.