miércoles, 14 de octubre de 2009
Ha perdido su nombre, ya no hay un Josue. Tampoco hay una imagen que no le parezca sospechosa ni un espejo que no le genere desconfianza. Este tren - piensa - este encierro. Todos los crímenes que quedarán sepultados, la violencia encarnada en actos sutiles, la violencia y el poder. El dia se ha ido y ahora queda la oscuridad, el silencio y las palabras reiterativas. El terruño y la última huella se desvanecen a través de la ventana, la misma ventana se encierra en su caparazón, el tren duerme con cierta complacencia que el sujeto ya sin nombre no lográ entender, complacencia que tampoco puede juzgar de injusta pues ¿quien es el para juzgar a una máquina? ¿quien soy yo para juzgar al tren? piensa. También las formas lineales lo han abandonado, las secuencias y el entendimiento de un progreso, ya no hay avance y si lo hay el no lo puede comprender, esta por fuera de su límitado entendimiento. A veces busca una señal pero la oscuridad es uniforme. Le queda esperar que a veces es esperanza y otras resignación o una esperanza resignada. De este vagón no me muevo - escribe en su diario mental - intuye que aun si quisiera moverse sus músculos no responderían, tendría que insistir demasiado, golpear con el pensamiento a sus piernas una y otra vez hasta lograr - tal vez- un leve reflejo que reafirmaria su incapacidad y no quiere correr el riesgo, no por ahora, no en la oscuridad, prefiere guardar sus energias.
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