domingo, 5 de abril de 2009
Ella
Ella cuya locura reside no en el don de leer el pensamiento, más usual de lo que se cree, sino en la incapacidad asfixiante de no comprender, incapacidad que era el útero en el que se gestaban los momentos del enceguecer, por primera vez en años volvió su atención a la membrana vidriosa que cubre a los seres, su movimiento como el espasmo de una larva en su letargo, era particularmente hermoso respecto a los recordados y se estremeció –un poco de vértigo, un poco de náusea- al sentir que tal belleza obedecía a un nivel superior de conciencia en la membrana, capaz de alterar sus pulsiones que, como bolas de cristal sobre una superficie inclinada, se abalanzan desde los territorios seguros del ritmo controlado hacia los del azar, cuando la membrana desistió que es esa forma noble de renuncia, afloró la minúscula fisura y por ella un fluido arenoso comenzó a escabullirse, eran fragmentos del pensamiento de este hombre del que aun no conocía su nombre, desbordada y convulsionada de tanto placer, se vio niña y se hizo un poco más anciana, aligeró su rostro y lloró.
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