jueves, 2 de abril de 2009

El desierto

El desierto abre sus fauces para devorar los restos de estos seres que la ciudad ha vomitado, en él ahora florencen tumbas abiertas, cadáveres que conservan la postura del ser melancólico, pues los locos se cuidan de caer mirando al cielo y si fallan dedican el último aliento de su agonia para revolcarse en la arena y encontrar la postura digna

En el centro del desierto un árbol, el tren disminuye la velocidad y les permite saltar… allí algunos se cuelgan...


Los relojes también eran arrojados al desierto

Los documentos de identidad eran arrojados al desierto y muchos decidian rebautizarse, a veces intercambiamos los nombres y con ellos nuestras viseras y sus dolores


Los cuervos sobrevolando al tren al paso por el desierto

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