Cada mes, la locomotora naranja con sus trece vagones y sus ventanas selladas con barrotes y vidrios oscuros que semejan una jaula vacía de luz, abraza, sin tocarla, a la ciudad y se detiene en un extenso y árido territorio que se va encerrando en si mismo como un caracol de rejas y alambrados que parecen proteger su centro, un puerto cubierto, gris y seco, enclavado en el desierto, frontera natural de la pequeña urbe. La puerta occidental del primer vagón se abre y los que retornan lo hacen en sobrio orden, no hay conversaciones ni despedidas salvo, en contadas ocasiones, un sutil apretón de manos, no hay urgencias ni ansiedad de retorno, en los rostros tal vez algo de agotamiento, nada más. Ya en la plataforma solo buscan el letrero que indica la salida, la reja abierta, el par de escalones y la tierra amarilla rojiza que el invierno se agrieta, ya afuera son las luces de la ciudad la única guía para emprender en solitario el viaje que culminará al amanecer. Al tiempo, la puerta oriental del doceavo vagón se abre, un hombre de mediana edad, rostro alargado y traje oscuro, hace el primer llamado, mientras se alista para registrar en una libreta el nombre y la edad de los nuevos, levanta la mirada, los que hoy tomarán el tren comienzan su tránsito, entre los familiares el llanto es contenido excepto por los alaridos cansados de una anciana que deja a su hija y por los de una niña que sujeta con fuerza las piernas de una madre impávida y distante como todo condenado. Jerónimo se despide de su hermano, abraza a Antonia, acto de unas manos que solo con el segundo llamado comienzan a desprenderse, avanza hasta cruzar la línea que separa a viajeros de familiares, se detiene para volver la mirada mientras una sonrisa opaca nace, Carlos y Antonia esfuerzan también una sonrisa y evitan las lágrimas o las palabras, tal vez porque reconocen su inutilidad, tal vez porque conteniéndolas ofrecen a este buen hombre, la dignidad como única ofrenda con algún sentido, dan la espalda y se marchan.
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